Un impulso al negocio, un relato de Jorge Martín Blanco


Como sabrá, han llegado denuncias sobre cierta sustancia que usan como ingrediente en sus platos. Todo apunta en su dirección… pero todavía no nos explicamos como usted, director de marketing de Lamucca, tiene un papel relevante en toda esta trama.  La sala de interrogatorios de la plaza Europa parecía más lúgubre después de las palabras del inspector de policía, ¿cómo podía haber llegado a esta situación tan solo haciendo su trabajo? No tenía nada que ocultar y todo había sido cuidadosamente estudiado para no encontrar ningún impedimento legal y menos aún sanitario. Señor inspector, toda incertidumbre de sospecha sobre mí persona y mis procedimientos se despejará –respondí con aplomo y seguridad-. No tengo nada que ocultar y mucho menos que lamentar pero debe dejar que le narre la historia sin interrupción ni reproches, además debe mantener una actitud abierta para comprender el fin último, -el sentimiento de estupefacción brotó por las paredes, la curiosidad pudo más que la autoridad en el cuartucho gris con olor a humedad y tabaco de liar- Hace ya bastantes años perdí el empleo, pertenecía al comité de dirección de una gran empresa de marketing y publicidad pero las situaciones del mercado derivaron en una reducción de costes que desembocaron en un despido con una indemnización más que decente. Pronto descubrí que mi experiencia y formación valían de poco en una España en crisis. Para más INRI mi sector laboral siempre es de los primeros sacrificados en la quema, así que a mis cuarenta y muchos años quedé desempleado, desamparado y desarmado ante la crisis. Pasado unos años la situación no mejoró. El trabajo escaseaba, mi sector laboral técnicamente K.O., los contactos y colegas desaparecidos y después estaba el hándicap de la edad. Estaba fuera del mercado laboral y estaba fuera de la sociedad, muchos de los que antes me alababan ahora me repudiaban. Mi mujer creyó que su profesor de tenis tenía más proyección laboral por lo que después de desplumarme se fugó a vivir con a la costa. No la culpo nunca supimos quien éramos, el dinero era el superglue que nos mantenía unidos. Ella no quiso nunca hijos y yo nunca gatos por esos compramos unos periquitos…. pero esos es otra historia, discúlpeme -si se pudiera medir el nivel de asombro de una persona de uno a diez el inspector estaría en un doce-. La notificación de la finalización del subsidio y mi baja liquidez me dieron la visión de un gran festejo. Celebrar el fin de un ciclo, la conclusión de una era, el término de un eón y el comienzo de algo nuevo y apasionante que como diría aquel sería “el resurgir poderoso del guerrero sin miedo a leyes ni a nostalgias”. Con lo poco que me quedaba reservé una mesa para mis amigos y familiares fieles en Lamucca. Las risas, la jarana, los cantes y los bailes llamaron la atención a uno de los dueños que preguntó por el motivo de aquella celebración tan llamativa. Me explayé y conté todos los detalles, también los del tenista, pero sin tristeza ni angustia sino con tranquilidad y a sabiendas que todo lo acontecido era parte del pasado y que mañana sería otra vida. A medida que pasaba la noche estrechamos lazos hasta el punto de ofrecerme una oportunidad en sus restaurantes, me indicó en varias ocasiones que pasara por sus oficinas a la mañana siguiente hasta el punto que me hizo jurar mi asistencia a una pseudo-entrevista el mismísimo día siguiente.
En la mañana, dormido y cansado, asistí a la entrevista con la única pretensión de mantener una nueva charla con aquel personaje que se había prestado tan empático conmigo. Ni una palabra me dejó decir y me señaló unos papeles encima de su escritorio, “están pendientes de tu firma” –me dijo y continuó-, “la empresa necesita un impulso y tu modo de ver la vida es la filosofía que queremos mostrar a nuestros comensales”. Me nombro director de marketing, me dio poderes ilimitados y firmó un presupuesto tan alto que daba vértigo. Podía apoyarme en el resto de estructura directiva para cualquier tarea, no tenía limitaciones a nivel de decisiones estratégicas y lo que más me sorprendió fue la total aquiescencia de cualquier empleado del estrato que fuera. La única condición era resultados visibles en un plazo de un año. Estuve unas semanas de retiro espiritual, estudiando el sector, haciendo análisis y estudios de mercado pero la revelación vino a mí de forma inesperada y entendí que para lo que me pedían no podía usar mis conocimientos en publicidad y marketing ya que los resultados serían mínimos para el plazo dado. Acudí a la facultades y busque no a los mejores sino a los más visionarios y arriesgados, de esta forma fue como contraté a dos biológicos de último curso, un químico expulsado, un estudiante de medicina, dos informáticos y algunos más necesarios para el devenir de los acontecimientos venideros. Alquilé un sótano en el extrarradio y les reuní a todos para explicarles la línea de mi visión. La idea era sencilla y clara quería un parásito inocuo de corta vida en el huésped y capaz de afectar a los elementos sensores del placer del cuerpo humano –este es el momento en que tanto mi equipo como el inspector piensa en mí con una camisa de fuerza, un embudo de metal en la cabeza y gritando que soy Napoleón Bonaparte a los cuatro vientos-. Después de unas diatribas con mi equipo parece que las cosas se encauzaron y se pusieron a trabajar en la idea. Al cabo de seis meses teníamos una modificación genética de anisakis con un ciclo de vida de cuatro horas en el huésped y que generaba dopamina a raudales que provocaba una sensación adecuada para los fines del proyecto. La puerta se abrió y entregaron una documentación al inspector una expresión muda apareció en su rostro y me dijo “bien creo que todo es correcto y no hay ninguna ley ni económica, ni sanitaria, ni existente que haya infringido. Puede usted marcharse”, disculpe respondí mientras una figura enjuta salía enojada de la estancia, también contraté unos licenciados en derechos para que todo estuviera acorde a las legislaciones.