GOURMETS, POR MARIO CASAS


GOURMETS
Un relato en cinco partes de Mario Casas Martín

Parte 1. La pescadería.

Llegué al local diez minutos tarde. Soy un profesional de esto. Sé de sobra lo que hay que hacer para mantener viva la llama, las expectativas y los deseos.
Traspasé la vidriera que clausuraba el umbral y eché una rápida ojeada dentro. Obviando una mesa situada al fondo ocupada por dos comensales algo entraditos en años y la mirada absorta, perdida en algún punto indefinido de la pared de la sala, de los tres o cuatro camareros vestidos con ropa deportiva negra, el local estaba desierto. Me quedaba claro. Ella era mucho más profesional que yo. O eso o algún contratiempo indeseado acababa de dar al traste con nuestra cita y la promesa de una velada ardiente y frenética.

Me sentaron cerca de la entrada, frente a una cristalera desde la que se podía contemplar como la calle se ensanchaba dando cabida a una terraza. Un camarero feliz por acabar de encontrar algo que hacer para amenizar aquella temprana noche de martes se acercó y me recomendó una copa con la que ir haciendo tiempo.

Dos minutos después el mismo camarero depositó sobre la mesa que ocupaba una copa de coñac bien cargada de hielo y con un color ardiente. Levanté la mirada, sonreí. “¿Qué me has puesto?” Pregunté. El chico se encogió de hombros. “ Tequila & Tonic”. Me respondió. “Reposado y seco”.

El líquido tenía un tono achampanado y verdoso. Brillante. Cobrizo. De la base de la copa emergían columnas de destellos que se desdibujaban en la superficie con un borboteo efervescente. Recuerdo que hace mucho tiempo, una vieja amiga de la que no se nada desde aquellos lejanos días, se atrevió a comparar mi subconsciente con las burbujas que emergían de la copa de champán que me estaba tomando. Efímero, chispeante, brillante… He de reconocer dos cosas. La primera que ella me quería bien, tanto que olvidaba el verdadero e insípido yo que bebía a sorbos de aquella burbujeante copa de champán tal vez demasiado afrutado y que nada tenía que ver con aquella proyección o promesa de un subconsciente enloquecedor. Y, segunda. Más real y más importante. ¡Hay que ver la cantidad de chorradas que soltamos por la boca en ese tipo de reuniones y veladas tan vacías de significado y contenido.

Me mojé los labios. Asentí con una sonrisa de aprobación al camarero por su buena elección y desvié la mirada a las paredes. Eran de ladrillos toscos. En bruto. De un naranja intenso y rugoso. Ahora mismo no sé si los paños desnudos y arañados estaban decorados con algunas fotografías. Recuerdo que pensé que si no era así deberían estar aquellas imágenes que mi mente veía como ilusiones. Pequeñas reproducciones en blanco y negro de paisajes netamente urbanos. Algunas a vista de pájaro. Escorzos de rascacielos. Imágenes a pie de calle de los mercados de un Madrid olvidado. Las soñé enmarcadas en paspartoú blanco y limitadas por un finísimo listón de madera teñida con algún aceite oscuro que permitiese distinguir la veta de color miel. Exactamente igual que la madera utilizada para la barra del bar.

La vi entrar algunos minutos más tarde. La foto de su perfil no engañaba demasiado y la reconocí enseguida. Rictus serio en aquellos labios carnosos levemente fruncidos. Nariz pequeña, un destello de brutalidad en sus pupilas negras. Envilecían. Amedrentaban.

Sin embargo lo que más me llamó la atención de su físico, fueron dos cosas. La primera sus manos. Huesudas, firmes, delgadas. Dedos de pianista que se movían con una determinación inútil y, en cierto modo, ausente y desconectada del resto de su fisonomía. Y la segunda; la manera de perderse de sus medias de seda negra detrás del dobladillo de aquella falda de tubo de lana. Encadenando su cintura de avispa con un lazo gris en el costado, quebrando la confección de la prenda con un sinuoso corte curvo que sesgaba de sur a norte la pantorrilla hasta dejar ver, más que insinuar, el liguero ventral de sus medias.

Sonreí. Sonrió. Lo suyo no fue una disculpa por la demora. Fue cordial y ligeramente esquiva. Se acercó con desparpajo y premura hasta el perchero para colgar su abrigo. Sé que lamentaba llegar tarde. Pero también supe al verla moverse así, con aquellas prisas, que lo lamentaba por la cena, no por mí. No por nuestra cita.

Después se sentó a la mesa. Más sonrisas, “¿Llevas mucho tiempo esperando?”, “Lo siento. De veras.” ” No te lo vas a creer cuando te lo cuente” “Si esta noche tenían que pasar cosas, así ha sido. Han pasado todas”. “ Creí que no llegaría a tiempo”. “ Que te habrías hartado de tanto esperar y te habrías marchado”.

También hubo destellos, acercamientos y una calurosa caída de párpados cuando acompañó la pregunta, “¿Qué es lo que estás tomando?. Tiene una pinta estupenda. Todo resultaba cordial y agradable. Pero hiciese lo que hiciese, pensé en aquel momento, se había perdido la magia. El ardor del momento y el misterio y la curiosidad ante lo desconocido. Lo importante en aquella mesa que ocupábamos, entre los dos, eran los platos que nos encontrábamos a punto de degustar. Aquel era el punto en común que habíamos sabido encontrar. Aquella era la intención y la excusa para reunirnos, para vernos, para conocernos. Nada más.

Parte 2. Accidente aéreo.

Soy un profesional. Ya lo he mencionado antes. Aquella noche, a eso de las siete y cuarto, poco antes de salir de casa para acudir a nuestra prometedora cita a ciegas me encontraba frente al espejo abotonando el cuello de mi camisa roja de cuadros. Una de las dos camisas de marca que guardaba en el armario. Elegante, resultona. Aquella tarde el espejo no me devolvió ninguna idea nueva sobre mi mismo. Como de costumbre, he de añadir. Presumo de conocerme bien. No sólo a mí, a nuestra especie, a nuestra humanidad. Sonreí a mi reflejo sin demasiado entusiasmo y me susurré con ánimo, “Aún es pronto. Esta va a ser una gran noche.”

A continuación me dirigí al salón mientras metía los bajos de la camisa por el interior de la cinturilla de los pantalones vaqueros. Me senté en el sofá orejero y comprobé de nuevo la hora. Pronto aún. ¿Impaciencia?. Expectación, me respondí en voz alta y corrí a encender el televisor y un cigarrillo. En el informativo acaban de conectar con el enviado especial al aeropuerto de barajas. Acaba de tener lugar un accidente aéreo muy tonto en la nueva pista y la Terminal cuatro acumulaba retrasos en las salidas de tres horas.

Llevo años metido en esto. Sé lo que voy a encontrarme y de qué forma encararlo. Enfrentarlo. Manejarlo. Los contenidos de los perfiles de las páginas webs de citas y contactos únicamente están compuestos por tres tipos de información. Las fotografías personales. Los datos completos del perfil y las anécdotas en último lugar.

Las fotografías componen un aspecto verdaderamente llamativo de este tipo de sitios web. Son ciertas, por lo general al menos. Es real la pose lasciva de los retratados, es verdad la sonrisa evocadora de los más simpáticos y son igualmente ciertos y verdaderos los escotes sugerentes y evocadores de las mujeres más insinuantes.
Son ciertos, al menos en parte. En la vida he visto a tanto usuario avanzado de la herramienta photoshop, “2d artists” los llaman. La base es real, sin embargo el peinado, las texturas, los colores, los contornos de ojos, el maquillaje, las curvas, los brillos, el blanco de las dentaduras perfectas de anuncio…Todo eso son ilusiones ópticas llevadas a cabo por expertos profesionales.

En cuanto al contenido…¡Bah! Todo son mentiras. Escribimos, y ahí también me incluyo, aquellos que esperamos que los demás esperan de nosotros. Lo que desean oír. Los sueños con los que los demás sueñan. Las promesas que ofrecemos llegar a cumplir.
Aquí, como en todas partes, se puede encontrar absolutamente de todo. Ingenuos y/o analfabetos, subnormales emocionales, incultos del saber del alma que con cada frase de su descripción personal contradicen las anteriores que acaban de escribir algunos renglones más arriba sobre sus sueños, deseos, quimeras y aficiones. Por otro lado, hacen su aparición verdaderos artistas del saber. Del extraer el conjuro de lo que la cultura de nuestra sociedad demanda tanto emocional como anímicamente. Tejedores de sueños rigurosos, bien hilados y concretos. Relojeros del hambre y la sed del espíritu. Negociadores expertos y con mucha mano izquierda de las injusticias y justicias de la vida y del mundo. Repartidores de esperanza, mercaderes de la felicidad. ¿No le he dicho? Yo pertenezco a estos últimos. Sé bien lo que me hago. Sé bien de lo que hablo.

Me faltaba lo más importante. El último punto. Las anécdotas. Son reales, todas, sin excepción y ahí, precisamente ahí, es donde hay que buscar.
Se trata del único lugar verdadero en el perfil sobre lo que construir algo real. Porque es cierto. Verídico y contrastable. Y, sin excepción, las conversaciones posteriores con las chicas con las que he contactado así me lo han demostrado.

El presentador del noticiero juraba y perjuraba que la unidad móvil de televisión enviada a cubrir el accidente del aeropuerto, había conseguido un impresionante reportaje sobre los muertos y heridos del lamentado accidente, sin embargo, la junta editorial de la cadena había optado no retransmitir dichas imágenes para no herir la sensibilidad de las miradas de los espectadores y por respeto a la intimidad de los familiares de las víctimas. En su lugar, tras la tez larguirucha del presentador, escorada a la izquierda, una pantalla proyectaba tomas lejanas de las pistas de despegue en las que con un poco de imaginación se intuían algunos restos y fragmentos del avión accidentado y una gruesa columna de humo negro cortando en dos la perspectiva.

Adicta al deporte de riesgo. Consultora. Ejecutiva de grandes cuentas. Apasionada de los ensayos políticos y de actualidad periodística y, sí, allí estaba, verdadera aficionada a salir. A la comida. A la alta cocina. Al lujo gastronómico de cualquier tipo de restaurante. El detalle, esta perla con la que puntuaba su perfil. “El mejor regalo…una suculenta carne a la brasa en buena compañía”. Allí estaba, carnívora, y con un resquicio de alma desnuda. El punto en común. La carne. La cocina. Salir. Los restaurantes. A eso era a lo que había que aferrarse para conseguirla.

Después de haber hallado el nexo de unión, el vínculo, cruzamos varios mensajes. Llegó mas tarde el turno de los chats on-line y finalmente algunas llamadas tímidas e histéricas. Finalmente los dos decidimos apostar, avanzar, construir un poco más sobre la base, (frágil) que nos unía. Quedamos en salir a cenar la noche del próximo martes.

Miré el reloj de pulsera, suspiré y me puse la chaqueta. Media hora para la cita. Apagué el televisor. El chuletón de Ávila une. ¡Que duda cabe!. Salí de casa con la conciencia conquistada por una tremenda incertidumbre. Inquieto. No alcanzaba a entender por que razón una apasionada de la carne de res elegía un local llamado “LA PESCADERÍA” para celebrar nuestra puesta en común.

Parte 3. Gourmets.

Después del tequila achampanado llegó un pisco sour que me duró sobre la mesa menos de tres minutos. Lo que tardamos en ojear las cartas que el maitre había dejado sobre la mesa.

Después de elegir los platos, (una merluza rebozada, una ensalada templada de setas a la plancha fuera de carta, langostinos al curry verde y una fuente de ceviche para dos), regresó la magia que se había esfumado al verla entrar por la puerta. Mi mirada se volvió vidriosa por el alcohol que se iba incorporando al torrente sanguíneo y la dulzura de sus silencios de mirada entornada y evocadora hizo que despertasen de nuevo los instintos. Me preguntó si prefería vino o cerveza cuando el camarero alzó la vista para tomar nota de las bebidas. Yo me limité a clavar la mirada en el culo vacío de mi copa de pisco. “Prefiero seguir improvisando sobre la marcha. No me apetece atarme a una botella de un litro durante toda la cena”. De nuevo ella devolvió una sonrisa enigmática que consensuaba mi enunciado. El camarero se encogió de hombros.
– ¿Otro pisco sour?
Asentí.
– Y otro para mi.- Añadió ella con frialdad mal disimulada. Como si se sintiese incómoda por algo. Por el camarero, por el roce de su ropa con la piel. ¡Qué se yo! Tampoco me ocupó mucho tiempo aquel pensamiento.
Un largo silencio. No del todo incómodo y ambos supimos que debíamos recurrir a los puntos en común de nuestros perfiles web. Perdí la paciencia antes que ella y disparé a bocajarro con un contenido que no aportaba nada nuevo al panorama. Una puerta abierta para el que quisiese cruzar el umbral. Una invitación a hacer de la velada algo más cercano y llevadero.
– ¿Es verdad?
Ella alzó la vista con la sonrisa congelada en el rictus de los labios.
– Que eres una verdadera gourmet. Que aprecias y disfrutas enormemente de los placeres gastronómicos. ¿Es cierto o aderezo para las webs de links?
Se limpió las comisuras de los labios con la punta de la servilleta. Supongo que considerando los matices que la pregunta implicaba. Valorando mi pericia en este tipo de citas. Su respuesta, con otra pregunta, confirmó mi primera evaluación.
– ¿Es lo que más te preocupa de mi perfil?
Sabía que me estaba aferrando a los puntos en común de nuestros personajes más o menos inventados. Sabía que mi pregunta significaba un amplio rodaje en estas carreteras. Sabía que buscaba un cierto tipo de acuerdo, de confluencia, de encuentro. De punto de equilibrio, de partida, de fundamento sobre el que construir el resto de la noche. De la noche he dicho. Eso fue lo que pensé en aquel momento. Por ahora llegar al final de lo que tenemos delante. Luego…luego ya veremos. La prisa no es buena consejera. “Prisa mata” gritan en el norte de África en un castellano gutural.

Al no hacer ademán de contestar a su respuesta ella se abalanzó sobre mi pose con una bravura desmedida.
– ¿Cuánto tiempo llevas en esto?
– ¿Esto?
– Las citas, las websites de contactos. Este mundo, el ligue fácil, la ciber-promiscuidad.
– No voy a aburrirte con detalles. Confórmate con saber que sé bien de lo que hablo.
Su sonrisa de nuevo.- Lo suponía.- Afirmó después entornando los párpados. La línea oscura pintada sobre sus pestañas trazó una sombra agresiva. Siniestra sobre un destello instantáneo de sus pupilas negras.

El camarero dejó los combinados sobre la mesa con un gesto educado de eficiencia y deferencia hacia nuestra conversación. Un minuto más tarde llegaron el ceviche y los langostinos para interrumpir nuestro silencio.
– Busquemos algo más. – Le propuse.- Algún punto más en común sobre nosotros. Gustos, aficiones, deseos, sueños…Cuando lo hayamos encontrado y desmenuzado un poco, podremos comenzar a conectar, a interrelacionar conceptos y gustos. Es la primera promesa de una buena conversación. Poder establecer conexiones con las frases que ya quedaron antiguas si miramos hacia atrás. A los instantes iniciales de la primera toma de contacto. Correr deprisa hacia adelante para construir enseguida un pasado juntos.
– ¡Joder!- Exclamó riéndose.- ¡Te gusta ser explícito! Pornográfico, me atrevería a añadir.- Creo que me sonrojé en ese momento ante su asombroso olfato de Sherlock Holmes. Había desnudado de un plumazo mis aficiones más íntimas.- Normalmente sentiría rechazo ante un deseo de exposición tan franco que desea eliminar de un manotazo los secretos y la ambigüedad. Los preliminares. Hoy sin embargo me hace gracia. Me sorprende. Supongo que tengo una buena noche.- Pinchó con el tenedor un langostino y se lo llevó a la boca. Después de tragar con la ayuda de un sorbo del pisco volvió al carga.- ¿Te gusta leer?
– Autores extranjeros únicamente.
– ¿Houellebecq?
Asentí con entusiasmo. Íbamos por buen camino. Estaba resultando fácil.
– ¿Qué es lo que más te gusta de él?
No necesité más de un segundo para contestar. Lo tenía claro.- Lo explícito de sus escenas de sexo. La violencia moral de su pornografía. La forma en que logra dotar de un pasado con hondura a los actores de una película pornográfica.
Ella asintió. Volvió a pinchar un langostino.
– Ves lo que te decía.- Añadí.- Has insinuado antes mi tendencia pornográfica a explicitar los contenidos y directrices que debe incluir una buena conversación. Ahora acabo de confesar desvelando mi tendencia y afición al cine y la literatura de contenido erótico muy explícito. Ya van fluyendo las ideas. Ya vamos conectando cosas. ¿Y a ti? ¿Qué es lo que más te gusta de él?
– Su habilidad para convertir sórdidas y grotescas minorías en tendencias de moda.
– ¿Cómo por ejemplo?
– ¿Has leído la posibilidad de una isla?
– Apasionante menage a trois de la amante jovencita del protagonista. La violencia de la tórrida relación, de la doble penetración, de la violencia del uso del lenguaje al denominar confortable el coito anal y el vaginal simultaneamente. Del contraste de cómo ella devora su juventud mientras su hombre, el espectador de su deléite frívolo e infiel, el invitado de piedra de sus devaneos sentimentales simplemente envejece.
– Yo me refería más bien al carácter y los rituales marginales de las sectas canibalistas que con el desarrollo de la novela van adquiriendo el protagonismo en el proceso de evolución del conflicto.
– ¿Canibalistas?
Ella asintió con la mirada.- ¿Has probado alguna vez la carne humana?

Parte 4.- La posibilidad de una isla.

Se trata de una celebración. Jovial. Alegre. La del renacimiento. El rito, el modo de perpetuar el alma, de prolongar el calor de la sangre, de mantener intacto el código genético a través de la propagación vírica por absorción en la sangre de otros, en su carne, en sus heces.

Alquilan grandes salones, centros de convenciones, aulas magnas, espacios de exposiciones. Los prefieren con tarima de madera y púlpito de oraciones desde el que enardecer a sus fieles seguidores y acólitos. Acogedor. Las ventanas clausuradas con cortinas gruesas, luz artificial, ventilación artificial. Se trata de un acto, de un evento privado, en cierto modo familiar.

No es aplicable el término sacrificio en el sentido estricto de la palabra. Viene aderezada con connotaciones del pasado que nada tienen que ver con los matices de la nueva filosofía, con las intenciones y creencias del nuevo rito. Devoradores y devorados se muestran dispuestos de motu propio a participar en la alegría comunal de cierta suerte de reencarnación para los fieles aventajados y veteranos. Se trata de ayudar a nuestros hermanos a tocar el infinito, a que la vida eterna deje de ser una ilusión y un sueño nostálgico del pasado. Es realidad. Ahora. A partir de ahora. Es verdadero y eterno.

Los devoran vivos, sin anestesia, todos los participantes deben ser plenamente conscientes de sus actos y del significado de los mismos. Arrancan las gónadas a mordiscos y las mastican, las sangre aflora y con ella los alaridos de dolor. Arrancan la piel, los dedos de las manos, rasgan la musculatura y prueban el sabor a óxido de la sangre y el amargor de las vísceras y los deshechos humanos. El sabor…

Cuando todo termina y la hermandad al completo parece saciada y feliz por un trabajo bien hecho, aún se pueden observar algunos feligreses desnudos, agachados a cuatro patas sobre el suelo, lamiendo lo metálico de los regueros de sangre que han quedado como huellas de un riego bermellón sobre la madera clara, bien lijada y barnizada de la tarima.

Son caníbales. Y están entre nosotros. Agrupados. Organizados. Buscando la vida eterna y la reencarnación del alma, la perpetuación de su código genético ad eternum.

Parte 5.- Los postres.

¡Joder lo había dicho sin inmutarse! Sin despeinar ni un pelo de su flequillo milimétrico y sin desviar la mirada al plato. Firmemente, como si nada. ¡Joder! ¿Qué si había probado alguna vez la carne humana? Por su pregunta era fácil llegar a la conclusión de que ella sí lo había hecho. ¿Caníbal? ¡Joder! ¡Caníbal!.

Sólo había oído antes historias de este tipo referidas a los campos de concentración rusos en la segunda guerra mundial, los dejaban morir de hambre. Los presos esperaban a que sus compañeros cayesen para llevarse algo a la boca. También en las novelas de catástrofes aéreas en las que algunos cuantos supervivientes del accidente debían atravesar extensas y elevadas cordilleras nevadas sin víveres, sin provisiones. Sólo con los restos del accidente aéreo, basuras, despojos y , eso sí, compañeros/manjar/alimento que se jugaban a suertes para que unos cuantos lograsen seguir con vida. ¡Caníbales!.

– ¿Y tú?.- Me atreví a preguntar superando mi perplejidad. Ella no respondió a mi pregunta. Yo en cierto modo me recompuse y recuperé un tono de voz más altanero por que en aquel momento llegué a pensar que ella bromeaba o intentaba provocarme con un tema de conversación afilado y anguloso. Le hablé de los accidentes aéreos en las cordilleras de Suramérica.- Los supervivientes aseguraron que sabía a pollo.
Ella dejó pasar mi comentario.
– ¿Has visitado la parte de abajo del local?- Me preguntó con un guiño.
– ¿De este local?
Ella asintió con la cabeza.
– Disponen de una amplia sala en el sótano en la que celebran algunas reuniones de tipo más privado y la gente puede participar en un karaoke con un estupendo sistema de pantallas, audio y escenario. A veces he celebrado ahí abajo algunas deliciosas reuniones entre amigos, muy íntimos por lo general.

– ¿Orgías?
Ella soltó una exquisita carcajada con un volumen de voz rigurosamente medido para que resultase un combinado perfecto entre espontaneidad y saber estar.- Gastronómicas.- Apuntó aclarándomelo.
– Supuse que…Tratándose de un reservado tan privado…- Me encogí de hombros intentando averiguar si mi torpe frase inconclusa había servido como excusa. Yo siempre pensando en lo mío.
– En realidad funciona como una especia de sociedad gastronómica. Los asistentes traen consigo los alimentos que tendrán la oportunidad de degustar.
– ¿El restaurante se presta a cocinarlos?
– No suele resultar necesario. La degustación es en crudo.
– La pescadería, alimentos en crudo…¿Sushi?
– Siempre carne. ¿Habías olvidado mis preferencias?
– ¿Cruda? ¿Carpaccio?
De nuevo la carcajada trazada como si la atmósfera fuese un papel milimetrado. Inaudible para el resto de los comensales y el personal de servicio del local, pero estruendosa, peligrosa y alegre para mis oídos confusos.
Un escalofrío me cruzó el sistema nervioso de extremo a extremo. En crudo, invitados…¡Joder!
Entonces ella se levantó de la silla y me dio la espalda. Supuse que se dirigía a los aseos y que prefería obviar el facilitar dicha información pero, a los pocos pasos, se dio la vuelta.
– ¿No Bajas?.- La miré desde la perspectiva que me ofrecía una parálisis absoluta de mi cerebro y un colapso total de mi sistema nervioso. ¡Joder! Pensé. La pescadería…Gourmet…Carnívora…No respondí aunque tampoco desvié mi mirada de sus pupila negras. Supongo que no era capaz.
– ¡Anímate, hombre! ¿No te has llegado a preguntar por qué elegí este restaurante? Tengo respuestas para ti. Te aseguro que lo mejor son los postres…