El día más terrible es cuando comprendemos realmente el misterio de la vida. No tenía más de diez años cuando lo comprendí y todavía puedo ver el color del miedo. Yo había ido con mi madre a visitar una tía anciana al hospital de San Gabriel. El pasillo que conducía a la sala era gris, como todos los hospitales y los enfermeros que iban y venían eran altos y metálicos, como las paredes. Mi madre trató de evitar que entrara en la habitación donde una tía lejana se despedía de la vida con sus 98 años cumplidos, y sin ninguna enfermedad aparente, más que la vejez.
Entonces -Mariana espera unos minutos aquí, tienes el libro, vuelvo enseguida- la voz de mi madre me intimó a la quietud de la sala de espera. Pero no había desaparecido su figura cuando un ruido extraño me envolvió. Traté de localizar el sonido, áspero, agudo, desolador. Una especie de música que mortificaba y ahogaba a la vez. Intentaba comprender qué era aquello y, así, sin querer me paré del sillón y en puntas de pie, comencé a espiar las habita-ciones del pasillo de aquel hospital que, ahora lo sé, era la réplica exacta de todos los hospita-les del mundo. Antes de llegar a la tercera puerta, dos brazos que sentí gigantes me tomaron desde atrás. Lo siguiente que recuerdo es una habitación verde, con algo que parecían cajas de vidrio y una especie de esponjas amarillas dentro, emitían un sonido espantoso. El sonido que había escuchado en la sala de espera se materializaba ahora en estas figuras informes que se movían en una suerte de respiración pausada. Me arrinconé contra la pared y busqué la puerta, la respiración de las esponjas me aturdía y sentí que cada poro de mi cuerpo se ahogaba. Pero no había puertas. Grité con todas mis fuerzas y de pronto, ocurrió lo inexplica-ble. Las esponjas comenzaron a respirar con más intensidad y cambiaron de color, una luz amarilla las rodeó, se agrandaban y emergía dentro de ellas una forma que no podía distin-guir, cerré los ojos.
Cuando los abrí, no había cajas de vidrio, ni esponjas, pero el sonido de la respiración de las criaturas me latía dentro. Lo que más recuerdo es el frío, me encontraba en una habitación vacía, y el frío se me subía por los dedos de los pies, trepaba a la cintura y, lo juro, se me me-tía en el alma. Desconcertada, busqué otra vez una salida, vi una puerta, la abrí, para mi sor-presa, salí de allí. Mientras caminaba por el pasillo, tratando de encontrar algo que me resul-tara familiar, se me acercó un enfermero. -No debiste ver- susurró. Sin saber cómo, volví a la sala de espera hilvanando dos certezas, la convicción de que había visto dónde habitaba el alma de las personas y el dolor de comprender que llevaría conmigo el frío de esas almas para siempre. Cuando salió mi madre, dijo que la tía ya había partido.