Es casi medianoche y me estoy preparando para acostarme. Conecto el cargador a la corriente y enchufo el móvil. La ventana de mi cuarto hace esquina con la de la cocina, y desde una puedes ver perfectamente la otra. Mi madre se asoma al tendedero al otro lado del cristal, tan cerca que podría tocarla. Mi habitación está en penumbra: no necesito encender la luz porque el fluorescente de la cocina ya ilumina lo suficiente.
Dejo el móvil sobre la cama y saludo a mi madre. Me devuelve el saludo y vuelve su atención a la colada. Pongo un par de caras estúpidas, para reírme un rato, pero me ignora, así que acerco a la cara al cristal. Aplasto mi mejilla contra la ventana y retuerzo la cara en la mueca más horrible que se me ocurre. Finalmente, mi madre me mira. Dios, se ve que le he dado un buen susto, se le desencaja la cara del miedo. No sabía que podía ser tan terrorífica en la oscuridad…
Solo que no me está mirando a mí. Ni a mi estúpida mueca. Está mirando a algo… Algo justo detrás de mí.